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3/8/10
29/12/09
29 de diciembre de 2009
A menos de dos días de que llegué el Año Nuevo, sé que mañana o pasado me voy a sentar a hacer mi balance del año. Porque realmente fue un año agridulce. Herido pero alegre, tan lleno de lágrimas como de risas, de familiares y amigos de fierro como de gente que prefiero olvidar.
Pero hoy me rehúso a hacerlo no sólo porque no sé si estoy lista para el 2010 sino porque enseguida llegan mis papás del centro con mi hermana y probablemente, exigan toda mi atención. Lo hacen, como cualquier padre o madre que tienen a su hija 300 de 365 días que tiene el año lejos. Están casi acostumbrados ya, mi hermana hace cinco años que vive en Buenos Aires, y yo casi voy por el tercero. Pero la alegría que se refleja en sus rostros cada vez que nos ven bajar del micro, es algo indescriptible de describir. Y la que siento yo en mi corazón es igual.
Por eso adiós, me volverán a leer pronto, con mi balance 2009, pero ahora me fui a disfrutar de algo tan mundano como sentarme a la mesa con ellos y cortar lechuga.
Pero hoy me rehúso a hacerlo no sólo porque no sé si estoy lista para el 2010 sino porque enseguida llegan mis papás del centro con mi hermana y probablemente, exigan toda mi atención. Lo hacen, como cualquier padre o madre que tienen a su hija 300 de 365 días que tiene el año lejos. Están casi acostumbrados ya, mi hermana hace cinco años que vive en Buenos Aires, y yo casi voy por el tercero. Pero la alegría que se refleja en sus rostros cada vez que nos ven bajar del micro, es algo indescriptible de describir. Y la que siento yo en mi corazón es igual.
Por eso adiós, me volverán a leer pronto, con mi balance 2009, pero ahora me fui a disfrutar de algo tan mundano como sentarme a la mesa con ellos y cortar lechuga.
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